Los pies de la memoria (real o inventada)

A, 15 de abril: La Tierra antes de la existencia del ser humano.
B, 22 de abril: La Tierra después del ser humano.
A, 29 de abril: Rosas de piedra.
B, 6 de mayo: El don de la ignorancia.
A, 13 de mayo: Perdidos en un cuento.
B, 20 de mayo: Los lunes.
A, 27 de mayo: Llegas tarde a tu tiempo.
B, 3 de junio: Nunca estuve aquí.

viernes, 17 de octubre de 2008

A veces repetir no es tan malo...

-¿ Y por qué no lees novelas modernas?-

- Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden.

Tal vez para mucha gente sea así. Para mí no. Yo empecé a leer de verdad, es decir, novelas juveniles o adultas hace apenas cuatro años con "Harry Potter y la piedra Filosofal". Para mí, este libro fue la llave de la verja que separa el mundo de la lectura al mundo de los "audiovisuales" como lo suele llamar mi padre.

Pero lo más emocionante de la lectura es conocer una nueva historia, un nuevo personaje ambientado en un nuevo lugar. Eso es lo emocionante. Lo se porque uno de esos libros diferentes, con nuevas ideas y personajes me emocionó más en apenas cuatrocientas páginas de lo que me emocionaron los de J.K Rowling juntos. Este libro me encandiló me absorbió, eclipsó mi mundo por completo. Hablo de un libro de Patrick Dennis. Si tenéis interés preguntarme.

Pero contando ese libro más las novelas del joven mago no he leído ninguna otra novela. Puede que sea una excusa absurda pero, sinceramente, no tengo tiempo. Esto es porque los libros que he leído los vuelvo a leer pasados unos meses. Y algunos los leo una vez, y otra vez, y otra vez. Soy un reincidente; soy un reincidente....reincidente. Me encanta esa palabra, y rara vez tengo ocasión de usarla.

No leo novelas modernas, no porque no quiero que me defrauden sino porque soy un reincidente. No hago más que recibir en mi mente al los mismos invitados que me cuentan siempre la misma historia pero que no siempre te dejan con el mismo sabor de boca. A veces los mismos libros te expresan sentimientos y mensajes completamente diferentes de los que se recuerdan ¿ Me creéis?

INCOMPRENDIDO


En el instituto me convertí en un ser humano normal y corriente. Esa fue la segunda etapa de mi vida: convertirme en un ser humano como cualquier otro. Abandoné mis peculiaridades y me convertí en un chico como los demás.

Puede que para algunos esta historia tenga que imaginársela. Yo no. Yo no tengo que imaginarme nada porque ese primer párrafo de allí arriba aparece en mi biografía. Yo era el típico niño raro que te lo encuentras al salir del colegio echando hojas al la fuente y dos horas después vuelves, y sigue ahí, como si no hubieran pasado más de treinta segundos. ¿Y que me decís de un niño que te abre la puerta de la casa solo porque, según él, estaba cerrada?

Yo hacía ese tipo de cosas, cosas incoherentes, extrañas pero, eso si, con personalidad, algo loca, pero a fin de cuentas, con personalidad. Yo era un niño, como suelen decir los asistentes sociales, "especial". Especial pero sin llegar a tener que recibir sesiones medicas, claro. Pero, como dice el primer párrafo de este escueto texto, en el instituto me convertí en ser humano normal y corriente.

miércoles, 15 de octubre de 2008

PLANES ROTOS

Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingreso en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor florecian los giraoles. Era veranao. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Su posición en la tumbona y la expresión de sus ojos daban a entender que se encontaba totalmente relajada y feliz. No pude evitar recordar las tardes que pasábamos allí mismo, sentados los dos. Veranos que ya pasaron con sus días de sol y sus noches de diversión. Aquellos dos últimos veranos en los que nos jurábamos querernos siempre y que después de la llegada del invierno se han esfumado; como se fueron los días de sol, las promesas, los planes. ¡Tantas ilusiones rotas! ¿ Qué pasó? No lo sé, será la edad. Tener quince años no ayuda mucho a tomar decisiones a largo plazo. Se vive el día a día, nada se calcula en la distancia. ¡Nos queda tanto tiempo por delante! Eso dicen, pero en ocasiones no es así. Aquel maldito quince de septiembre, aquella curva tan pronunciada, aquella lluvia tan inesperada...¿ qué fue? No lo sé, pero su vida acabó en aquella carretera.
Nunca más veranos con esas tardes de sol en la tumbona, rodeada de girasoles, riéndose feliz y contándome miles de cosas. ¡Ya no más veranos juntos! Planes, planes...¿para qué? Nada es para siempre...

Acción.

Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingresó en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Nunca habría podido deducir que aquella había sido la mujer que tenía delante si no hubiera sido porque en la foto sonreía. Por más que envejezca uno, los ojos y la sonrisa siempre le delatan, decía ella. De eso no me cabía ninguna duda, ambas eran la misma persona, en sus ojos brillaba el ansia de saber y su sonrisa convencería hasta al más decidido de cualquier cosa. Aunque sí se notaba en cual de las imágenes brillaban menos esos ojos, y lucía menos la sonrisa, y era la que contemplaba en tres dimensiones.
-No deberías estar aquí –me dijo. –Seguro que alguien te está echando en falta.
-Nadie me echa en falta desde los seis años –contestaba yo, como si no me costase admitirlo. Reconozco que lo hice bien. Ella aguardó unos segundos en silencio.
-¿Qué es lo que quieres? Quiero decir, lo que de verdad quieres, lo que te ha traído aquí.
-Supongo que siempre me he rendido ante los misterios –lo dije con toda naturalidad, era de las cosas más ciertas que podría afirmar. -En las últimas 24 horas he escapado de la muerte tres veces, y todas tenían algo que ver con usted.
-Tenían que ver con quien yo fui, no conmigo. Tenían algo que ver con la muchacha de la foto que te acabo de enseñar, y con su familia.
-No lo entiendo –respondí, contrariada.
-No deberías estar aquí –repitió ella. –Ni tú, ni yo. Nos vamos.
Unos segundos después, un sonido atravesó lo que supuse era la puerta trasera, la que daba al jardín. Sentía que el mundo entero actuaba y yo no podía darme cuenta, que había algo que se me escapaba y mi mente se quedaba por detrás.
-¿Son los hombres armados? –no me hizo falta oír su respuesta para comprender que era afirmativa. -¿Cómo sabía que venían?
-Nos vamos. Ahora –dijo, ignorando mi pregunta. Su semblante imperturbable superaba mi entendimiento. Salimos de allí todo lo rápido que nos permitía nuestra anatomía, y lo más velozmente que yo podía guiar a mis piernas estando en estado de shock. En menos de un día había vivido más cosas sin pretenderlo que en los restantes quince años de mi vida buscando aventuras. Estaba eufórica, lo único que me detuvo fue aquella fotografía, que tomé entre mis manos antes de abandonar la casa, sintiendo el sonido de las armas al cargarse a poca distancia de allí.

UNA FOTO

Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingresó en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Es mi mejor amiga.
Recuerdo cuando la conocí: estábamos en un campamento de verano y nos tocó dormir juntas, en la misma litera. Y hablando, nos dimos cuenta de que vivíamos cerca la una de la otra, pues su pueblo estaba a cuatro kilómetros del mío. A partir de entonces todos los días, que podíamos, quedábamos para vernos en un merendero que había entre ambos pueblos, pues era un sitio maravilloso y se estaba muy bien. Había una fuente con un gran pilón, rodeado de mesas y asientos de piedra, todo esto bajo la sombra de unos enormes alcornoques.
Un día de otoño, me mandó un mensaje al móvil para quedar a las cinco de la tarde y decidimos llevar una foto cada una.
Así que, al acabar mis deberes me dirigí hacia el merendero, pensando que mi amiga ya estaría allí, porque ya eran más de las cinco y ella es muy puntual...
Pero cuando llegué aún no había venido. Esto me extrañó, pero decidí esperarla un rato. Al cabo de cinco minutos llegó corriendo y me dijo que fuera con ella, que según venía por el camino oyó el llanto de un niño. Fuimos hacia el lugar de donde provenía el sonido y nos encontramos, debajo de una gran roca hueca, a una niña pequeña de unos tres años llorando desconsolada...Al preguntarle qué la pasaba, entre lágrimas nos dijo que estaba con su padre buscando setas, se perdió y había pasado toda la noche allí, tenía frío y hambre. Después de ponerle nuestras sudaderas le dimos de comer unas galletas que llevábamos. Y una vez que se hubo tranquilizado la llevamos a la comisaria de mi pueblo para que localizaran sus padres. Cuando los localizaron nosotras nos fuimos y fue entonces, cuando ella me dio su foto y yo le di la mía. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Y ahora cada vez que veo la foto me acuerdo de lo que nos pasó ese día.

Mi sueño, una realidad.

Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingresó en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Era preciosa; la más bella mujer que pudiera haber entrado por mis ojos...Y lo seguía siendo, tres años después...

Recuerdo que, cuando él me enseño aquella fotografía, lo primero que pensé fue: "es la más hermosa criatura de la tierra". Desde el primer momento la deseaba, apenas la había visto dos veces por el instituto, pero la deseaba con todas mis fuerzas. Sentía necesidad de dare todo mi cariño y amor, porque su belleza me lo pedía a gritos...Cuando le dije a Héctor, el que me enseñó la foto, todo lo que sentía por ella, estas fueron sus palabras:

-Jó, tío, que fe tienes chaval...Es inalcanzable, ¡¡que te entre en la mocha!! No ha sido hecha para ti.

Pero yo no le escuché, seguía embobado pensando en su imagen...Dicen que el que la sigue la consigue, y tenía que idear un plan para hacerla mía. Tras varios días contemplándola, me lancé, estaba sentada sola en el comedor, era mi oportunidad. Fui hasta allí, y la hablé.

-Perdona, puedo sentarme, es que estoy solo y te he visto aquí...-Mi corazón iba a mil, la voz me tembló, "espero que no me lo haya notado", pensé.

-Sí, por supuesto, me va a venir bien estar con alguien, porque no conozco a mucha gente todavía y estoy un poco sola...

"Pues no vas a estar nunca más sola", pensé yo. De cerca era todavía más impresionante. Empezamos ha hablar de nuestras vidas, de nuetros gustos y de todo aquello que se nos venía a la cabeza. Sentí que había algo en medio...No quería ilusionarme pero lo sentía...Tras dos, tres, o quizá cuatro días, conseguí sacar valor e invitarla al cine, ella aceptó y asi lo hicimos...Después de un mes tonteando y conteniéndonos, surgió el momento. Estábamos en el parque, en un banco al lado de un estanque...La besé, supe que era el momento, y no quería desaprobecharlo por nada del mundo, o terminaría arrepintiendome toda mi vida. Ella no se apartó, y supe que lo estaba haciendo bien...

Y así, día tras día, continuamos quedando, estudiábamos juntos, paseábamos juntos...Todo lo haciamos juntos, sabíamos que queríamos lo mismo.

-Te quiero, te quiero de verdad.

Esas fueron sus palabras, y lo son hoy en día, tres años después. La mujer de mi vida. La "inalcanzable" según Héctor. Y lo mejor es que cada día siento que esto se hace más fuerte, la quiero con toda mi alma...Y eso me alegra, eso me llena.

Prueba superada


Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingresó en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona del jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. No estoy hablando de una fotografía cualquiera, sino de una especial que nos devolvió la vida a mi mejor amiga y a mí. Puede resultaros un poco dramático o incluso exagerado, pero es la sensación que tuvimos en aquel momento y que ahora os contaré. A Blanca, mi mejor amiga desde la infancia, la detectaron una mancha en el pulmón con tan sólo quince años y que posteriormente se convirtió en cáncer. Era inexplicable, pues no fumaba ni había fumado en su vida; pero la realidad era la que contaba: una chica joven con toda una vida por delante con cáncer de pulmón. Yo de todo esto no sabía nada, Blanca no me lo quiso contar para que no me preocupara por ella pero lo que sí que me preocupaba y me tenía descolocada era el no verla tan alegre ni sonriente como siempre, estaba más apagada y triste que nunca. Le preguntaba día tras día pero no obtenía respuesta. Ya no era la misma que antes; estaba adelgazando y se la reflejaba en la cara, que, según dicen y habréis oido: "La cara es el espejo del alma". La noche de un miércoles, pasadas ya unas semanas, Blanca se presentó en mi casa sin avisar; me resultó un tanto extraño porque no habíamos dicho nada de salir ni me había comentado que vendría a mi casa. Estuvimos charlando en mi habitación a la vez que escuchábamos música de fondo cuando, de repente, sacó del bolsillo de su abrigo una foto. Era una imagen suya de hace algunos años pero que guardaba con especial aprecio de sus vacaciones en Mallorca sentada en el jardín del hotel. Me la entregó diciéndome que cuando ella se fuera leyera lo que había escrito por detrás, y así fue. Me lo contaba todo con detalles y no pude evitar que se me cayeran las lágrimas; era un palo. Al día siguiente empezaría la quimioterapia en el hospital. Después de varios meses de sufrimiento para las dos, se presentó en mi casa a altas horas de la noche con una estupenda y brillante sonrisa y me dijo:-" Paula,(pequeñas lágrimas caían de sus ojos) he superado el cáncer"-. Al oírlo, nos abalanzamos una sobre la otra dándonos un enorme abrazo. Después de tantos días indecisos por la salud de Blanca, todo volvió a la normalidad, volvimos a estar vivas. Me gustaría que tuviérais esta frase siempre en la cabeza : "La esperanza es lo último que se pierde"; pues Blanca no perdió nunca la ilusión de volver a vivir.